Al otro lado de la cordillera: usurpan campos escribanos y abogados de Mendoza

Una situación absurda se cierne sobre una de las geografías más bellas en los alrededores de la capital de Mendoza, en lo que se denomina Sierras de Encalada, a 30 kilómetros de la ciudad. La gravedad de los hechos retumba aún más, pues se trata de una vasta propiedad, que ha visto interrumpir el desarrollo de sus actividades en un parador turístico que crece por su proximidad a la geografía más agreste de la cordillera de Los Andes. Aquí un breve pero detallado resumen de lo acontecido con el llamado Campo Chacay y la historia de varios de los protagonistas que impiden inversiones ventajosas para la industria del turismo en Mendoza.
Chacay es una propiedad que supo estar en manos de Carlos Motta y su esposa, Nélida Ana Urristi, fallecida en este año. En vida delegó estas tierras ubicadas en la precordillera a su hija Alicia Motta, una escribana reconocida, aunque no fuera la única heredera. Los dos hijos restantes reclamaron en vano lo que les correspondía. Y la escribana Motta hizo y deshizo a su mejor parecer, participando de distintas acciones de dudoso decoro.
Hay que remontarse al 26 de octubre de 2012 para comprobar que Nélida Urristi comunicó ante registros oficiales la conformación de MAVILOM SOCIEDAD ANÓNIMA, entre cuyos socios aparecían Martín Carlos López (DNI 22.027.019) y la abogada María Victoria López Motta (DNI 31.286.084), su nieta. Fue una suerte de emprendimiento familiar, si se asocia que Martín Carlos López es hermano de Mauro López, casado con la otra nieta de Nélida e hija de Alicia, la también escribana Verónica Motta.
El domicilio de la empresa se fijó en Comandante Fosa 338, en la Ciudad de Mendoza.
Lo más curioso es que anunciaron que esa empresa estaba constituida desde el 14 de mayo de 2009. O sea: tres años antes de lo que hicieron constar en los registros públicos:
¿Por qué esta dilación? Porque, en realidad, esta empresa funcionaba de hecho, bajo el nombre de VALM Sociedad Anónima (VALM surge de las iniciales Verónica/Victoria Alicia López Motta). Alicia adoptó el apellido de su primer marido, el abogado Mario Alberto López Cano, quien también participa en este entramado familiar, como se verá más adelante.
VALM fue siempre declarada “en formación”, bajo el CUIT 30-71143323-2. La descripción de sus actividades se presentaba como de operaciones inmobiliarias realizadas por cuenta propia, con bienes propios o arrendados. ¿Quiénes integraban esa empresa? Las hijas de la escribana Alicia Motta, Victoria y Valeria. Ambas llegaron a ser propietarias de Campo Chacay por una acción inescrupulosa de su madre, quien se empoderó de una herencia, dejando de lado lo correspondiente a sus hermanos, entre ellos el abogado Carlos Motta (hijo) y a la autoridad judicial, Tita Motta, como mejor se la conoce en los pasillos de los tribunales oficiales.
VALM también aparece en los registros oficiales, según el documento gráfico, con bastante anterioridad, en mayo de 2009, en los siguientes términos.
La única operación visible de estas empresas sucedió días después de haber comunicado, en 2012, el cambio de denominación y la estructura societaria de la empresa ante los registros oficiales. Exactamente el 5 de diciembre de ese año. Todo parece haber sido una pantalla para allanar el camino para la venta de la totalidad de acciones de MAVILOM Sociedad Anónima a un grupo de accionistas que luego se transfirió a un matrimonio, el formado por Purcell-Vijande. Al poco tiempo comenzarían las sorpresas, en tanto los nuevos inversores, poseedores del 100 % de las acciones, quisieron registrar la propiedad en una nueva empresa y se encontraron con varias irregularidades. Y aunque la operación de Campo Chacay había cambiado de manos el diablo metió la cola. Hay que destacar que el 21 de mayo de 2013 se transfirió la totalidad de las acciones y hasta la propia MAVILOM cambió su directorio, incluyendo a un nuevo presidente en reemplazo de Nélida Urristi.
Pero antes de proseguir es necesario explicar qué es Campo Chacay.
Estancia “La Crucecita” o puesto “el Alamo” se sitúa en Ruta Provincial Nº 82, kilómetro 26, en el distrito Sierras de Encalada, departamento de Las Heras /Luján. El predio de mayor extensión denominado “Campo el Chacay”, inscripto en el registro Público de la Propiedad Raíz, bajo las matrículas: 334892, 334891/03, 334874/03, todas de folio real; se compone de dos fracciones de terreno. Una de ellas, visada por la Dirección Provincial de Catastro y archivada bajo el número 27014, consta de una superficie de 469 hectáreas. La otra, en cambio, es aún mayor (según título y el citado), ya que es un terreno de 2922 hectáreas.
El 5 de diciembre de 2012 MAVILOM Sociedad Anónima, que se encuentra inscripta en la Dirección de Personas Jurídicas, bajo la matricula Nº 20.900 P, y rubricada en Acta de Cambio de Denominación e Inscripción Definitiva, por la escribana Alicia Motta, se fortalece por la venta de sus acciones, lo que la convierte en su momento y aún hoy, propietaria del campo ubicado en el Distrito de Blanco Encalada.
Los nuevos dueños realizaron inversiones dentro del campo, según su plan de negocios, que incluía emprendimientos y desarrollos turísticos e inmobiliarios, así como una reserva natural de flora y fauna. Todo siguió el curso normal de los acontecimientos, hasta que muy misteriosamente, años después, en 2015, surgió una denuncia ante la DPJ (Dirección de Personas Jurídicas), acerca del extravío del expediente de la venta de acciones, así como de los registros societarios de MAVILOM. El denunciante fue el abogado Mario Alberto López Cano (en la foto, acta de su denuncia). López Cano es el primer marido de la escribana Alicia Motta.
La situación se complicó cuando los nuevos accionistas advirtieron que los usurpadores habían armado un dispositivo para no desprenderse de la propiedad, pese a haber cobrado una suma millonaria por la venta de Campo Chacay. Es más que evidente la operación de los usurpadores: “denunciaron” la pérdida del Libro I de Registro de la empresa y con bastante sincronía inscribieron una nueva empresa, con los mismos familiares como miembros, disponiendo del activo como si nada hubiera sucedido. Comenzaron rápidamente el Libro II con un relato nuevo. No fue magia, seguramente. La existencia del Libro I complica seriamente la reputación profesional y personal de la escribana Alicia Motta.
Mario Alberto López Cano, al realizar la denuncia sobre el extravío, detalló las siguientes pérdidas: “libros de actas directorio y asamblea, libro depósito de acciones y registro de asistencia a asambleas generales, libro diario, libro de inventario y libro registro de acciones”. Y no pareciera casualidad que haya colocado como su domicilio el que aparece en documento oficial: “Río Blanco 4320, Chacras de Coria, Luján”. Es el mismo domicilio dado por la hija de la escribana Motta, María Victoria López Motta al inscribir la sociedad MAVILOM. ¿Casualidad? ¿Descuido? ¿Es una familia en la que viven todos juntos?
El movimiento, más que casualidad, fue causal, ya que permitió que la otra hija de la escribana Motta, Verónica López Motta, convocase entre gallos y medianoche a una nueva asamblea para rubricar los “nuevos” libros, ante la “pérdida” de los que estaban en poder de “alguien” que testificó como su domicilio el de su hija, casada. Los registros del libro “perdido” se acumulan entre las pruebas del caso, hoy en sede judicial.
De esta manera consumaron un hecho increíble: vender una propiedad según lo descripto, alterar documentación pública desde el principio y volver a controlar Campo Chacay. Pese a la existencia de un acta de 2013, en la que composición societaria alejó de la titularidad de la empresa a la escribana Alicia Motta y a cualquiera de sus familiares, directos o políticos, como por arte de magia (no tanta, como queda comprobado), la maniobra de una de las personas probas que integran el actual Colegio de Escribanos de Mendoza lleva el sello de una estafa.
Para entender el doble y hasta triple discurso de la profesional basta repasar una nota suya publicada en la revista “El Escribano” (año 0, número 1), con un título que suena más a ironía que a rigor profesional y que refuerza el dicho: “Haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga…”

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